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No me perteneces

Completamente de acuerdo con la Sra Celaá: "No podemos pensar ¡de ninguna de las maneras! que los hijos pertenecen a los padres". 
Lo tuve claro desde el momento que alumbré al primero de los mios. Fue como una sensación de vértigo. Ese ser minúsculo ¡tan mío!, en realidad no lo era. Siendo completamente vulnerable y dependiente, era mucho más que yo. Tenía dignidad propia, no prestada, que debía reconocer y respetar. Advertí con certeza inusual, la imposibilidad -la indecencia!- de disponer de él a mi antojo y capricho.
No me pertenecía pero, por unos años, me correspondía acompañarlo en la adquisición de autonomía y criterio en la toma de decisiones, en el desarrollo de sus talentos y la formación de su virtudes.
Lo que ocurriera durante este tiempo de acompañamiento parental tendría repercusiones determinantes en el transcurso de su vida futura.
Esa realidad me abrumó, precisamente por el hecho de que era una responsabilidad que me señalaba y correspondía sólo a mi.
Y es…

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