
Ya lo he dicho muchas veces. Estar casada y ser madre de
hijos varones ha hecho que mi visión de la realidad se haya ido descomplicando día tras día.
Al poco tiempo de quedarme embarazada, como les ocurre a la mayoría de las primerizas, visualizaba bucólicas escenas de maternidad. Una de mis recreaciones favoritas era la del pausado paseo por el parque. Imaginaba a mi retoño envuelto en lazos , dentro de un carrito tipo inglés de grandes ruedas y chasis rígido, preferiblemente azul marino. El leve crujir de amortiguador, un traqueteo rítmico y tranquilizador, acunaría los sueños del pequeño.
Llegado el momento de adquirir el cochecito y tratando de seguir el manual de la perfecta casada, pregunté a mi flamante marido qué le parecía el modelo elegido del catálogo. Él, pasmado ante semejante prototipo de inutilidad, me sonreía y buscaba otras opciones más funcionales entre las páginas del mismo.
Me habló entonces de la necesidad de la polivalencia del instrumento en cuestión, “Un tres en uno. Cochecito, capazo y sillita de coche” y de tener en cuenta la facilidad en el sistema de apertura . Insistió en el tamaño una vez doblado. Dibujó, con milimétrica precisión, lo limitado de nuestro maletero y me recordó el “pequeño detalle” de que el acceso a nuestro apartamento era una escalera de 24 peldaños que requería algo especialmente ligero . Concluyó su diserción calificándolo como trasto inútil, caro y completamente prescindible.
Fruto de mi inexperiencia, de mi juventud y de una típica susceptibilidad femenina- que a veces ve mucho más allá de lo necesario- saqué mis propias conclusiones:
Mi marido no valoraba mi criterio en las decisiones referidas a nuestro hogar. Tampoco comprendía que esos faldones, ese peculiar traqueteo , esa “performance“, simbolizaban el afán de cualquier madre de conseguir un entorno perfecto para el recién llegado. Ni siquiera intuía el llamado síndrome de la preparación del nido. En fin que ignoraba la enorme trascendencia de tal compra.
Haciendo caso omiso a tanta sensatez junta, adquirí el preciado carrito.
El primer día de paseo resultó según lo esperado. Lucia un sol tibio en una mañana de final de invierno. Mi bebé y yo paseamos felices por el parque más cercano.
Fue al llegar a casa cuando, tras distintas maniobras, descubrí que para acceder a nuestro rellano debía pasar por el trance de ó bien pedir ayuda al vecino para poder subir carrito y/o bebé, ó bien exponer al niño al riesgo de caer rodando por las escaleras si intentaba hacerlo por mi misma.
Antes de comentar la situación a mi marido, en un arrebato de sentido común, descarté la idea de plantearle cambiarnos de coche, -y de maletero -para que cupieran las ruedas .
Derrumbada por el fracaso de la expedición, bajé velas.
Fiablemente reconocí mi error. Acepté el “ya te lo decía” como parte de la merecida penitencia y , al poco tiempo, mi bebé dormía en un maxi-cosi antiestético pero reconfortantemente práctico.
Todavía hoy, en el cash converters al que acudí para deshacerme del arma del delito, sigue arrinconado el “Arrue Katia Oro”. Es como si su visión me recordara, continuamente, cuánto necesito del pragmatismo masculino que me circunda, para evitarme algún que otro lío de más….