Hablemos de Amor (I) Sexo sin propósito



En verano las conversaciones suelen ser más pausadas. En casa arrancamos tertulias y salen temas de lo más interesantes.
Anteayer, durante la sobremesa, con un grupo de amigos de mis hijos, hablamos de amor y relaciones sexuales. Esta generación, aborda tales asuntos sin darles demasiada importancia y con una soltura pasmosa. En general entiende el sexo como lenguaje inocuo conocido por una gran mayoría y no necesariamente vinculado a un compromiso serio.
Para muchos de ellos no tener relaciones antes del matrimonio es raro. Muy raro. Fuera de este siglo y de la normalidad.
Y voy a darles la razón.
Es extraordinario porque es poco común. Y porque, hoy por hoy, es excepcional encontrar a personas con un propósito vital claro. La inmediatez y la prisa consiguen que corramos muy rápidamente hacia adelante sin saber hacia dónde. Jóvenes y mayores vamos a trompicones, atragantándonos de experiencias múltiples e intensas que necesitamos renovar por evitar pararnos y pensar.
Decía Pascal "han caído sobre nosotros todos los males porque el hombre (y la mujer) no sabe sentarse tranquilamente a solas en su habitación".
Actuar sin ponderar, sin calibrar las consecuencias, sin conocer el barro del que estamos hechos ni  reconocer la grandeza a la que estamos llamados es el estilo de nuestro tiempo.
Perder de vista que somos seres destinados al encuentro con el otro, y que cuanto más profundos, perdurables y creativos sean estos encuentros más plenos nos sabremos, es claramente un posicionamiento que nos dirige a un vida alejada de la belleza y plenitud que, como hombres y mujeres, podemos alcanzar.
Somos todos buscadores de amor y sentido pero nuestro modo de vivir, superficial y fragmentado, nos lleva a pasar por alto esta condición irrenunciable.

Por eso, cuando hablamos de amor entre personas, tengo claro que es muy distinto actuar con propósito, a no hacerlo.
Seamos sinceros. Si tu vida se sitúa en el horizonte de la inmediatez, de la indefinición de objetivos y tus miras son más bien cortoplacistas, probablemente el matrimonio (llámese compromiso público de amor y fidelidad con espacio para a la llegada de hijos en común) sea algo muy alejado de tus planes. Eso hará que tus relaciones con las personas del sexo opuesto tomen un cariz concreto...

En este sentido el sexo antes del matrimonio es lógico. Si no tienes como proyecto una familia, entonces el apareamiento está permitido. Tu acercamiento al otro será fundamentalmente físico, con un horizonte de temporalidad limitado a un "nos va bien así y por ahora".
Si alguien se cruza en vuestro camino común, no caben reproches. Así son las cosas ."Fue bonito mientras duró. Espero que lo entiendas".

En esta linea de olvidarse de toda finalidad , caben incluso planteamientos más radicales del tipo:"estoy contigo y no con otro, por esta noche." "Si estamos de acuerdo ambos ¿qué problema hay en pasarlo bien juntos?". El horizonte en este caso se sitúa en disfrutar el rato. Para ello ni siquiera es necesario que sea alguien en concreto. Con virtudes que te completen, con sueños comunes, con  visiones del mundo compartidas. Sólo importa lo que vaya a hacer contigo ahora. Ni su pasado ni su futuro te incumbe.  Que funcione en la cama. Nada más. El sexo despersonalizado y sin exigencias es posible si tu objetivo - si se me permite la expresión-  es"echar un polvo". Hay quien se levanta sin saber ni siquiera el nombre de su acompañante nocturno. Es una opción vital, triste, pero es una opción.

-Pero mujer. No te pongas así. Son jóvenes. Si no disfrutan ahora, ¿cuándo lo harán?-
Creo que disfrutar está bien pero yo prefiero que sean felices.
Y lo serán cuando actúen con responsabilidad, tratando a los demás como merecen y a la altura de lo que están llamados a ser: amantes en mayúsculas, fieles y entregados, sin fisuras.

Además si el gusto es lo que marca el rumbo de sus decisiones, se equivocan. Fijo.
Es un factor cambiante y poco fiable. La razón deja paso al inconsciente que acaba- salvo fracaso  anticipado que venga a rescatarlo - adueñándose de su destino.
Y es curiosa la contradicción con la que actúan. Por un lado diseñan su vida profesional delinéandola hasta el último detalle; planean, proyectan, renuncian a miles de compensaciones por un porvenir prometedor y por otro, en el ámbito personal donde verdaderamente se cuaja la felicidad, las decisiones las dejan al arbitrio de algo tan cambiante como el deseo, sin estar dispuestos a pensar ni exigirse lo más mínimo.

Vivimos un generalizado analfabetismo afectivo preocupante. Basta ver cuánta soledad se acumula a nuestro alrededor por corazón y metro cuadrado.

Pese a todo, no quiero despedirme sin una palabra de aliento. Aun sabiendo que son los menos, me aventuro a pronosticar una revolución sexual liderada por esos pocos que todavía creen en sí mismos y sueñan con amores verdaderos por los que merece la pena arriesgarse. Revolucionarios, jóvenes o no tanto, que saben amar con los ojos del alma bien abiertos.







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