Morir guapa

 

Noelia tenías 25 años, la edad de uno de mis hijos. 

Decidiste elegir la muerte pues habías perdido el gusto por vivir. 

Y es verdad que hay circunstancias que te quitan las ganas. Eso es innegable. 

Sin embargo, si los que te acompañaban hubieran acertado, si te hubieran cuestionado, si te hubieran abrazado de veras... tal vez hoy podrías estar todavía por aquí.

Antes de la "ejecución de la sentencia" retransmitida por la mayoría de los medios de comunicación, me decía mi querida prima, enferma de cáncer metastásico desde hace 11 años... 

    -¿ Qué le pasa a esta criatura? Tantas como yo luchando por ganar un día más a calendario y esta chica los pierde todos por elección propia...¿Dónde está el sentido a tanto desmán?-

Noelia había perdido la ilusión por vivir. No soportaba la idea de continuar aquí. 

Pero si algo quería era morir guapa

Y no me equivoco al pensar que, tras ese deseo, gritaba en silencio una necesidad de ser mirada por los demás.  De ser valorada, comprendida, apreciada, abrazada. Sentir ese sanador calor fraterno de quien se complace con la sola existencia del otro. Sin condiciones de salud, de movilidad, de recursos disponibles, simplemente por el hecho de existir y ser quien es y quien ha sido y aquello que puede llegar a ser. Alguien irrepetible, irremplazable, con un valor infinito  también en su condición vulnerable y dependiente.

Ahora ya no te van a ver guapa nunca más.

Tampoco podrás leerme, pero otros sí. 

A ellos me dirijo. Esos, ¡unos cuantos! , que con su demagogia ideológica han ido empapando de frialdad e indiferencia la opinión publica y aquilatando leyes inhumanas que en lugar de proteger  a los más vulnerables y el bien más sagrado- como es la vida-, los consideran prescindibles por razones inverosímiles.

A la pregunta del caso Noelia.. responden con -"Mi respeto a su decisión"-  Y tranquilizan su conciencia que, estoy convencida, en su interior más escondido les advierte de su complicidad en esta atrocidad del suicidio asistido de la que hemos sido testigos todos.

Nuestra sociedad está ciega y enferma. Ciega por no comprender la deriva autodestructiva en la que estamos sumergidos.

Si ya no atendemos a quien se desangra- física o psíquicamente- por el camino, a quien está solo, enfermo, vencido, hemos perdido el sentido más identitario del ser humano. Ese que lleva a compadecerse y hacerse cargo de otro como yo, cuando necesita de mi ayuda. 

Necesitamos volver a recordar que somos capaces de entregas, muchas veces heroicas, que se traducen en un cargar sobre nuestros hombros la vida de los que han caído. Tales gestos nos hacen dignos de llamarnos personas y de que, verdaderamente, lo seamos.

Como dice Presuntos implicados, necesitamos miradas transparentes que nos acomoden en su corazón.






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