Educar para siempre



Hijos universitarios.
Me hago cruces cuando lo pienso. 
Hace muy poco les mordía los pies, ¡¡¡me los comía literalmente a besos!! y no me soltaban (ni les soltaba!) la mano.

Ahora se alejan de mi y siento esa mezcla agridulce de nostalgia y remordimientos por si hubiera podido hacerlo mejor.


Cuando un hijo acaba la etapa escolar asoma un escenario desconocido y te preguntas si estará suficientemente preparado.
El objetivo de estos años de formación ha sido aprender a trabajar y a forjar amistades. 
Aprender a trabajar, trabajando, cumpliendo con los sencillos requerimientos del maestro y sus padres. Llegando a la hora. Haciendo las tareas señaladas. No otras. Adaptándose al entorno aunque éste fuera exigente.
También han tenido que aprender a querer y a abrirse al otro y a gozar con el encuentro de una verdadera amistad.
Entre la escuela  y la familia, hemos procurado convertirlos en sujetos hábiles para la vida en comunidad.

Aun así , cuando llega el momento de iniciar esta  nueva andadura personal y profesional hay una pregunta que se repite en tu interior quieras o no ¿ habrá crecido y madurado lo suficiente? ¿Estará preparado para lo inesperado?.


Los hijos vuelan. Se escapan de tu regazo a prisa.
Hay aspectos  de su formación todavía por consolidar. Sin darte apenas  cuenta, el tiempo -tu tiempo de protagonismo educador- ha pasado. 
Ha pasado pero no termina.
Educar es la labor más esforzada que existe. Nunca te jubilas y son otros, normalmente, los que disfrutan de lo conseguido.
Trabajamos para los demás. Nos guste o no. Educamos para los demás.
Para que sean hombres y mujeres de una pieza y para que muchos otros se enriquezcan con su compañía

A pesar de que la misión que, por la maternidad me ha sido encomendada, me abruma y aun sabiendo que hubiera podido hacerlo mejor, tengo la conciencia tranquila de no haber escatimado esfuerzos.
Es lo único que me da paz. He procurado hacer todo lo que estaba en mi mano.

He trabajado y he sido feliz mientras lo hacía.

Y ahora contemplo a mi hijo, don y tarea,  ilusionado por ser todo lo que está llamado a ser.

Tengo el corazón encogido y siento el miedo ante sus tropiezos. Ya no puedo impedirlos. Sólo recogerle tras el fracaso ( previsto y probablemente  advertido), cuando llegue.
A pesar de mis dudas e inseguridades, me siento orgullosa. Y sé que ha merecido la pena.

Os dejo con el mejor anuncio de Coca-Cola. 
Ojalá  mis hijos, con su vida, den buenas referencias acerca de su madre. 
(No sé qué numero de veces lo he visto. No importa. Se disfruta igual...)


Comentarios

  1. Me encanta...como siempre haces de altavoz de lo que pensamos las personas que intentamos ayudar a las futuras generaciones...todo queda..la el buen ejemplo perdura en la gente..que hemos tenido la suerte de intentar ayudar

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