170 millones de Tuentiadictos


Existe un modo de analizar la realidad común a la mayoría de gente de letras: los datos y estadísticas resbalan sin posibilidad alguna de remediarlo entre nuestra neuronas. Cuando, por algún motivo de peso, debemos retenerlos, necesitamos ponderarlos durante un buen rato y normalmente nos damos cuenta de su magnitud sólo si los comparamos con otros.

Pero esta vez el numero absoluto de 170 millones de usuarios de la red social (llámese, Facebook, My Space o Tuenti) no puede dejar indiferente ni al más pertinaz de los incapaces para las cifras, como es mi caso.

Estas plataformas de interrelación social son un nuevo medio de comunicación al que nuestros hijos están accediendo y que avanza con tan rapidez que, a la práctica totalidad de los educadores, nos ha pillado por sorpresa. Esta nueva forma de socializar de los nuestros necesita de la orientación adecuada.

Hemos de enseñar a la generación de la que somos responsables a navegar por esos mares - más oscuros para nosotros que para ellos- sin ahogarse en sus profundidades misteriosas. Y con el objetivo de darles pautas para la mencionada navegación, hemos de lanzarnos nosotros con ellos. Probablemente sepan manejar mejor el timón que nosotros, pero hay algo en que los adultos les llevamos ventaja: somos una generación con experiencia de lo real. Y eso es un plus de conocimiento nada despreciable.

Sabemos que los bits no son más que una suma de chispazos electrónicos que dependen de algo, tan elemental como es un enchufe. Los jóvenes pueden, como por desgracia se está empezando a comprobar en las consultas psiquiátricas, acabar viviendo en un submundo donde sólo se escucha el sonido de un teclear y cuya belleza depende de una buena conexión. Un espacio donde el placer de una conversación sosegada, se sustituye por un chat y una opción que prefiere la frialdad del destello del ordenador al calor de una mirada. Un entorno donde el reírnos juntos se trueca por la sonrisa solitaria, y el guiño de ojo por el insistente parpadeo del cursor. Un santuario propio y excluyente donde el silencio no es la amalgama de las palabras. Un mundo donde ellos eligen el escenario y se presentan a los demás tras una pantalla que parapeta su verdadero yo.

Esos mares esconden corrientes que pueden sigilosamente engullirlos. Probablemente lo conveniente es que aprendan a surfear, de modo que el mundo virtual no extienda sus poderosos tentáculos sobre su auténtica realidad.

Las posibilidades que les - y nos- proporciona Internet son inmensas y maravillosas. Un medio que nos puede aproximar a las personas como nunca antes había sido factible. Inmediatamente , universalmente. Sin fronteras.

Pero no podemos perder la perspectiva del hecho de que sólo se trata de una herramienta para acercarnos unos a otros facilitando el poder compartir lo que es propiamente humano: la capacidad de comunicar, la capacidad para el encuentro.

Particularmente me da miedo que a base de novedades y aplicaciones varias nos creamos que ese mundo virtual tiene entidad propia.

El filósofo Javier Aranguren afirma a este respecto: “Los ordenadores no tienen corazón, no tienen alma. Pueden aplicar un reglamento, pero no saltárselo. No comprenden que alguien tenga un mal día. No entienden nada. No saben de la debilidad. Tampoco saben del esfuerzo, de las lágrimas. No tienen virtudes, sólo programas. No miran. No aprecian,. No se enfadan. No perdonan. Nunca perderán el sueño por sus usuarios. Te abandonan sin preaviso, cual mercenarios.
Como no aman, no poseen. No tienen. En realidad no abandonan porque nunca han tenido a nadie”

Creo que dado que la red es una realidad que ya nos ha atrapado , nos guste o no., hay que lograr que ésta no se adueñe de parcelas sagradas que deben permanecer fuera de su influencia.

Y, nosotros, los padres debemos ir por delante.

Hay que conseguir encontrar tiempo para la conversación. Temas para la conversación. Tiempo para la lectura. Buenos libros. Ser capaces de vivir unas horas al día sin conectarnos. Respirar normalmente si nos falla la cobertura. Recuperar las riendas de nuestro día y vivir sin esclavitudes ni dependencias .Estoy plenamente convencida de que el tiempo destinado la compañía y el disfrute en familia es mucho más edificante, necesario e insustituible que la agilidad , el ingenio y la destreza telemática que puedan demostrar cualquier tuentiadicto. Además de que la red emocional que tejan- entre los suyos- será mucho más segura, incondicional y sobre todo cierta que la que puedan construir en su particular universo infantil lleno de inputs pero falto de alma.


La música que me ha acompañado en este post: You've got a friend de James Taylor

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